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Cantabria

Carlos Pajares, director gerente Fundación Hospitalarias Cantabria, defiende la necesidad consolidar un sistema de cuidados intermedios en una tribuna publicada por el Diario Montañés

La sanidad del futuro no se juega solo en los hospitales. También se juega en los espacios intermedios que hoy apenas existen en nuestro sistema asistencial.

Cantabria se enfrenta a un cambio estructural que va mucho más allá de debates coyunturales sobre listas de espera o presión hospitalaria. La transformación demográfica, social y clínica que vive nuestra comunidad obliga a repensar cómo organizamos la atención. No se trata únicamente de hacer más. Se trata de hacerlo de forma distinta.

La esperanza de vida aumenta, la supervivencia tras procesos complejos es mayor y la cronicidad adquieren cada vez más peso. A este escenario sanitario se suman cambios sociales profundos: familias más pequeñas y dispersas, mayor movilidad laboral, soledad no deseada y nuevas formas de vulnerabilidad.

Este contexto impacta en las personas mayores, pero también en pacientes jóvenes con daño cerebral adquirido, enfermedades neurodegenerativas precoces, trastornos mentales graves o patologías crónicas complejas que requieren seguimiento continuado.

Muchos de estos perfiles tienen dificultades para encajar tanto en el hospital de agudos como en los dispositivos sociales convencionales. Ahí aparece una brecha asistencial que el sistema actual resuelve, en demasiadas ocasiones, con ingresos hospitalarios que no siempre son la respuesta más adecuada.

Cantabria dispone de un sistema sanitario público de gran calidad. Sin embargo, su organización sigue respondiendo a una división administrativa clásica: por un lado, lo sanitario y por otro, lo social. Ambos sistemas colaboran, pero funcionan con marcos normativos y estructuras diferentes.

Cuando un paciente presenta una descompensación clínica que no requiere alta tecnología hospitalaria, pero sí cuidados intensos, seguimiento cercano y coordinación social, el recurso habitual termina siendo el hospital de referencia porque el sistema no dispone de suficientes alternativas estructuradas.

La calidad asistencial existe. Lo que falta es un espacio intermedio plenamente desarrollado.

El hospital está diseñado para resolver procesos agudos de alta complejidad diagnóstica y terapéutica en tiempos ajustados. Cuando asume funciones de estabilización prolongada o cuidado funcional, el sistema se tensiona y consume recursos que deberían destinarse a su misión principal. La cuestión no es sustituir hospitales, es complementarlos.

Algunos países han abordado este desafío desde la planificación estructural. Japón, una de las sociedades más longevas del mundo, entendió hace años que la hospitalización prolongada en perfiles frágiles generaba más deterioro funcional que beneficios clínicos. Su respuesta fue reorganizar su red asistencial y reforzar dispositivos de recuperación, convalecencia y atención intermedia integrados territorialmente.

Alemania desarrolló desde los años noventa un sistema específico de cuidados de larga duración que permitió articular mejor la coordinación entre lo sanitario y lo social, reduciendo fragmentaciones y generando itinerarios asistenciales más coherentes.

No se trata de copiar modelos, pero sí de asumir una idea sencilla: la complejidad clínica y social necesita estructuras específicas, no soluciones improvisadas.

Entre el domicilio y el hospital de alta complejidad debe existir un tercer espacio: dispositivos sociosanitarios integrados capaces de ofrecer estancias temporales orientadas a la estabilización clínica, la rehabilitación funcional y cognitiva, el seguimiento multidisciplinar y el retorno planificado al entorno habitual.

Estos centros no son residencias convencionales ni hospitales de tercer nivel. Son nodos de una red asistencial que permiten reducir ingresos hospitalarios evitables, acortar estancias innecesarias, liberar camas de alta complejidad y garantizar continuidad asistencial real.

Personas con trastorno mental grave en fase de descompensación no urgente. Pacientes con enfermedades crónicas que requieren ajustes terapéuticos intensivos antes de volver a su entorno habitual. En muchos casos, la clave está en el cuidado coordinado más que en la tecnología.

Abrir el debate sobre la creación de un espacio sociosanitario integrado en Cantabria no supone cuestionar el modelo existente, sino fortalecerlo. Defender la sanidad pública implica adaptarla a la realidad actual para que siga siendo sostenible, equitativa y eficaz.

En este contexto, la colaboración público-privada puede desempeñar un papel relevante como complemento estructural de la sanidad pública que permita sumar capacidades, experiencia clínica y recursos especializados.

La cooperación bien articulada permite optimizar recursos y ofrecer respuestas más ágiles. En un escenario de demanda creciente y presupuestos limitados, integrar capacidades es una decisión estratégica basada en la eficiencia.

El futuro asistencial no pasa por más compartimentos, sino por más red. Hospital, atención primaria, salud mental, servicios sociales, rehabilitación y entidades especializadas deben funcionar como un ecosistema coordinado.

El reto es avanzar desde la coordinación puntual hacia la integración estructural.

La pregunta que debemos hacernos va más allá del modo en que curamos y abarca otros aspectos importantes como el modo en que acompañamos, estabilizamos y cuidamos en los tramos intermedios del proceso asistencial.

El hospital no puede seguir siendo el destino natural de toda complejidad. Debe ser una pieza dentro de una red más amplia y coordinada.

El momento de abrir ese debate es ahora.