Kira, refugiada ucraniana en Fundación Hospitalarias Valladolid: “Nuestro hogar ya no es un lugar físico, sino mi madre y yo juntas”
La Fundación Hospitalarias Valladolid gestiona, en alianza con San Juan de Dios España, 42 plazas de acogida del Programa de Protección Internacional para personas refugiadas, perteneciente al Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.
Actualmente, contamos con cinco dispositivos de acogida en la ciudad: cuatro viviendas y una planta con nueve habitaciones. En total, 37 plazas en acogida y 5 en autonomía, en las que se atiende a personas procedentes de Ucrania, Venezuela, Colombia, Perú, Senegal, Nicaragua, Siria, México, Georgia y Palestina.
Con un equipo profesional de 11 personas, hasta la fecha se han atendido a 152 personas. De ellas, 22 personas procedían de Ucrania: mujeres solas o con hijos/as a su cargo.
Esta es la historia de Kira, contada en primera persona por ella, una de las personas que atendemos en Valladolid. Kira llegó a España junto a su madre en septiembre de 2025.
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Me llamo Kira Ponomarenko, tengo 18 años y soy de Jersón, una ciudad al sur de Ucrania. Actualmente estudio un ciclo de hostelería como sumiller y estoy a punto de empezar mis prácticas en un hotel Eurostars, una etapa que afronto con mucha ilusión mientras sigo desarrollándome como modelo.
Cuéntanos sobre ti, ¿qué hacías en Ucrania antes de la guerra?
Antes de la guerra recuerdo una adolescencia muy feliz. Estudiaba en un Liceo especializado en filología española e inglesa, pasaba tiempo con mis amigos y leía muchísimo. Hoy, sigo siendo esa misma chica curiosa.
¿Cuándo y por qué decidiste dejar tu país?
La decisión de salir de Ucrania fue la más difícil de nuestra vida. El jueves 24 de febrero de 2022, comenzaron los bombardeos. En Jersón, que estaba ocupada desde los primeros días, el caos fue total. Veíamos helicópteros sobre nuestras casas. Muchas personas se unieron voluntariamente al ejército para defender el país y a su familia.
Mi madre y yo vivimos las primeras semanas en el sótano de la casa de una amiga, en pleno invierno, sin electricidad ni agua, teniendo que derretir nieve para tener agua para cocinar en una hoguera. Pero lo peor no fue el frío, sino sentir que habíamos perdido el control de tu vida. Y el miedo constante, que empeoró cuando las fuerzas rusas empezaron a ir casa por casa buscando a militares, médicos y profesores. Por eso, cuando apareció la oportunidad de salir e irnos, no lo dudamos.
Hoy en día, nuestra casa ya no existe, fue destruida, y, como les pasa a muchos otros ucranianos, no tenemos a dónde volver. Es una realidad muy dura de asimilar, pero también es lo que nos dio la fuerza para entender que nuestro hogar ya no es un lugar físico, sino que el hogar somos mi madre y yo juntas. Y con esa certeza en el corazón, decidimos que íbamos a poner toda nuestra energía en construir un nuevo comienzo aquí.
¿Por qué elegiste España?
Siempre sentí una conexión especial con España. Ya estudiaba el idioma y me fascinaba su cultura. Pero, al llegar, descubrí algo que me gustó todavía más: en un mundo donde todas las personas parecen tener prisa, aquí aprendí que también es importante detenerse, tomar un café, conversar y disfrutar de la compañía.
Además, vi en España un lugar lleno de oportunidades para estudiar, crecer profesionalmente y construir una nueva vida.
¿Cómo fue el viaje? ¿Con quién viniste?
Vine con mi madre en un viaje largo y muy intenso en autobús durante dos días. Recuerdo especialmente el día que llegamos a Valencia: hacía muchísimo calor, caminábamos cargadas con maletas y bolsas sin conexión a internet, intentando orientarnos sin saber dónde nos quedaríamos. Fue un día durísimo, física y emocionalmente, pero mantuvimos la fuerza para seguir adelante.
Hoy, cuando pienso en ese día, no lo recuerdo solo como algo difícil, sino como el momento en el que empezó realmente una nueva etapa de mi vida.
¿Qué fue lo más difícil?
No saber dónde vas a vivir, cuánto tiempo te vas a quedar o cómo vas a empezar de nuevo en un país diferente. Cuando llegas como refugiada, no sólo estás cambiando de país. Estás reconstruyendo toda tu estructura de vida desde cero: idioma, trámites, rutina, incluso la forma en la que te sientes contigo misma.
Gracias al apoyo de organizaciones, ese proceso, aunque difícil, no fue un camino en soledad. Eso ayuda muchísimo.
¿Cómo fue el apoyo recibido?
Cuando llegas a un país nuevo, necesitas a alguien que te explique las cosas, que te acompañe, que te diga “vale, paso a paso”. Desde el primer momento, recibimos apoyo que no fue solo administrativo, sino también humano. Personas que te explican, te acompañan y te ayudan a no sentirte perdida en un sistema completamente nuevo.
¿Qué apoyo necesitan más las personas refugiadas que llegan a España?
La vivienda, el idioma y la orientación son básicos, pero yo añadiría algo igual de importante: el apoyo emocional. Muchas personas llegan con traumas, estrés constante y miedo al futuro. Las necesidades no son solo externas, también son internas, por lo que es esencial acompañar el proceso psicológico de empezar de nuevo.
¿Hay algo que te haya impedido avanzar?
He tenido obstáculos, pero prefiero verlos como etapas de crecimiento. Y, aunque conocer el idioma fue una ventaja para mí, adaptarse a un sistema distinto siempre es un reto. El ejemplo más claro es mi madre: ella tiene más de 30 años de experiencia cosiendo y trabajó 12 años como profesora en Ucrania, pero al llegar aquí sus titulaciones no fueron reconocidas.
Además, debido a que no sabía español, tuvo que elegir una profesión más accesible para empezar desde cero. Actualmente está estudiando cocina y realizando sus prácticas también en Eurostars.
A pesar de las dificultades, sigue esforzándose cada día. Y lo hace porque quiere construir un buen futuro aquí. No quiere ir a trabajar solo para ganar dinero, sino dedicarse a algo que realmente le guste, la motive y le haga disfrutar de su trabajo cada día.
¿Qué aspectos de la cultura española te gustan más?
Me apasiona absolutamente todo de España: su arquitectura increíble, su rica historia y su naturaleza tan bonita y diversa. Pero, sin duda, lo que más me enamoró desde el primer día fue su gente. Me fascina la calidez y esa generosidad natural de las personas que, sin conocerte de nada, se detienen para ayudarte o simplemente regalarte una sonrisa y un “¿qué tal?” sincero.
Además, admiro cómo entendéis la vida. La familia y el tiempo compartido son valores sagrados. También esa magia de saber encontrar el equilibrio perfecto entre el trabajo y el disfrute. Y, por supuesto, la alegría de vuestras fiestas. España me ha enseñado que los pequeños momentos cotidianos son, al final, los que realmente importan.
Es una cultura llena de luz, de alegría y de una hospitalidad que te hace sentir en casa, incluso cuando estás lejos de la tuya.
¿Qué te ha costado más entender?
Al principio, me chocaba el ritmo de vida. Yo venía de un entorno donde todo era rápido, estructurado y bajo una presión constante. Ver que aquí la gente se tomaba su tiempo para conversar o tomar un café me parecía extraño, pero pronto entendí que no es que sean menos eficientes, sino que es otra forma de vivir.
Ahora es algo que me encantar porque me ha enseñado a bajar el ritmo y disfrutar más del presente. De hecho, ¡ya me he adaptado tanto que no me imagino empezar mi día sin un buen café con leche y un pincho de tortilla!
¿Te gustaría volver a Ucrania?
Ucrania siempre será mi hogar y una parte esencial de mi identidad: me siento muy orgullosa de ser ucraniana. Me gustaría volver a visitar a mi familia, amigos y otras personas importantes para mí cuando la situación lo permita.
Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que hoy mi vida, mis estudios y mi desarrollo diario están aquí en España.
¿Cómo ves tu futuro?
Como solo tengo 18 años, todavía no es que sea una gran apasionada del vino a nivel personal, pero como profesión, ¡ser sumiller me parece apasionante! En un país como España, con tanta cultura vinícola, es un sector con un potencial increíble y un futuro brillante.
Pero mi gran pasión es el mundo de la moda, la comunicación y los medios. De hecho, llevo ya cuatro años trabajando en el modelaje y es un mundo donde siempre me he sentido “en mi elemento”. Me apasiona profundamente todo el proceso de una sesión de fotos, la energía del set y, sobre todo, ver el resultado final de un trabajo bien hecho. Mi sueño es consolidar una carrera internacional como modelo, viajando y colaborando con grandes profesionales del sector.
¿Qué te gustaría que entendiéramos sobre las personas refugiadas ucranianas?
Primero, como refugiada, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a toda España. Cuando llegas a un lugar nuevo después de perderlo todo, no solo necesitas ayuda con los papeles, sino sentir que hay personas que te ven y te escuchan. Y eso es lo que España ha hecho con nosotras. Sin vuestra generosidad, empezar de nuevo habría sido imposible.
Me gustaría que se entendiera que detrás de la palabra “refugiado” no hay solo cifras: hay personas con historias, sueños, talento, formación y unas ganas inmensas de construir algo positivo. Nadie deja su país por gusto, es una decisión durísima que se toma por pura supervivencia.
Los ucranianos somos personas increíblemente trabajadoras y capaces, pero a veces el miedo y la barrera del idioma nos frenan. Y esto es algo que me gustaría que todos comprendieran: es una sensación muy difícil cuando quieres compartir una idea, expresar lo que sientes o simplemente hacer una broma y no puedes porque estás atrapada en otro idioma. Por eso, la paciencia, el apoyo y la comprensión de la sociedad que nos acoge lo cambian todo. Venimos con el deseo de devolver a esta sociedad todo lo que nos ha dado.
Una reflexión final…
Una de las cosas más importantes que he aprendido es que nunca sabemos cómo puede cambiar nuestra vida, pero sí sabemos quiénes queremos ser ante esos cambios. Hoy me veo construyendo un futuro brillante en España, creciendo profesionalmente y aprovechando cada oportunidad al máximo.
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En la Fundación Hospitalarias creemos que cada persona merece la oportunidad de reconstruir su proyecto de vida con dignidad y autonomía. Historias como la de Kira nos recuerdan que la acogida va mucho más allá de ofrecer un lugar donde vivir: significa acompañar, escuchar y generar oportunidades integrales para que cada persona pueda desarrollar su nuevo proyecto de vida en el país de acogida.