¿Se deben prohibir las redes sociales a los menores de 16 años?
En un momento en que el debate sobre el uso de las redes sociales por parte de niños, niñas y adolescentes ocupa titulares, el anuncio de una nueva normativa que limitará el acceso de los menores de 16 años vuelve a poner sobre la mesa una pregunta clave: ¿cómo proteger la salud mental y el bienestar emocional de los más jóvenes en el entorno digital?
Para profundizar en este asunto de plena actualidad, conversamos con Roger Ballescà, psicólogo de la Fundació Hospitalàries Martorell especializado en infancia y adolescencia. En esta entrevista, Ballescà analiza los riesgos, desmitifica conceptos y propone claves prácticas para acompañar a los menores en un uso más saludable y responsable de las pantallas.
En la Fundación Hospitalarias, vivimos este desafío muy de cerca. Trabajamos cada día para crear entornos seguros y saludables para la salud mental de las personas jóvenes que atendemos.
1. ¿Se deben prohibir las redes sociales a los menores de edad? ¿Crees que esta medida es efectiva?
El término “prohibición”, en nuestro contexto actual, tiene una connotación negativa, probablemente inmerecida, que genera muchas resistencias. Hoy en día tendemos a asociar la idea del límite (o del “control”) como una restricción de las libertades de nuestros hijos e hijas, cuando en realidad se trata más de orientaciones en el desarrollo, regulaciones necesarias para proteger una etapa del desarrollo especialmente vulnerable.
Aunque en realidad, si lo pensamos bien, veremos que hay un montón de prohibiciones en la infancia que ya tenemos asumidas y no nos genera ninguna incomodidad respetarlas. Entiendo que con el tiempo ocurrirá lo mismo en el caso de la restricción al acceso de menores de 16 años a redes sociales. Quizás en un futuro próximo nos parezca incluso descabellado no haberlo limitado antes.
Por mi parte, sí considero necesaria la medida, que puede ser efectiva, sobre todo, porque ofrece algo fundamental: una base firme desde la que las familias pueden poner límites. Muchos padres y madres se han sentido solos ante la presión social del “todos lo tienen”. Cuando existe una norma clara, el límite deja de ser una decisión individual y pasa a crear un marco compartido. Eso reduce conflictos en casa y da seguridad. Creo que estamos ante una medida muy esperada por muchas familias y también por muchos profesionales del ámbito infantil y juvenil.
2. En tu práctica diaria, ¿qué riesgos emocionales y conductuales has observado en menores muy activos en redes sociales?
En la práctica diaria se observan patrones que se repiten con bastante frecuencia y que han tendido a aumentar con el tiempo, tanto en número como en complejidad. Para empezar, existe una comparación social permanente que acaba deteriorando la autoestima; un aumento de la ansiedad y la necesidad constante de validación; mayor impulsividad y dificultad para tolerar la frustración; alteraciones del sueño y de la concentración…
También es muy habitual la dependencia emocional del móvil: chicos y chicas que sienten auténtica angustia si no pueden conectarse o si no reciben respuestas inmediatas.
A todo eso hay que sumarle los problemas relacionados con la exposición temprana a contenidos inapropiados o sexualizados o los conflictos derivados del ciberacoso o del grooming online.
En cualquier caso, no se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que el entorno digital no está diseñado para el bienestar de los más jóvenes sino para su mercantilización, y que determinadas dinámicas —likes, algoritmos, fenómenos virales— activan circuitos de recompensa muy potentes en cerebros aún inmaduros y faltados de contexto y de perspectiva.
3. ¿Cómo pueden prepararse las familias y los centros educativos ante este cambio normativo? ¿Y los adolescentes?
Para las familias esta medida puede ser un gran alivio, pero sólo si se acompaña de coherencia y diálogo. Pienso que es un buen momento para hablar sobre el buen y el mal uso de las tecnologías, establecer normas claras y consensuadas en casa, retrasar la entrega del primer smartphone, fomentar espacios sin pantallas –sobre todo respetando los espacios familiares comunes, como las comidas–, pero también el descanso nocturno y las horas de estudio. Y, finalmente, recuperar actividades presenciales y tiempos de calidad.
En los centros educativos será clave reforzar la educación digital, el pensamiento crítico y la gestión emocional. No basta con prohibir: hay que enseñar.
Y para los adolescentes, aunque inicialmente pueda vivirse como una limitación, también puede convertirse en una oportunidad para reconectar con experiencias más genuinas, relaciones cara a cara y actividades que no dependan de la validación constante. De hecho, existen múltiples experiencias que demuestran como adolescentes separados de las tecnologías durante unos días terminan agradeciendo tomar esa distancia.
4. En tu experiencia, ¿qué estrategias informativas o preventivas funcionan mejor para ayudar a los menores a desarrollar un uso responsable de la tecnología?
Las estrategias más eficaces no son las alarmistas ni las amenazadoras, sino las que combinan una buena información, modelaje por parte de los adultos –¡hay que dar ejemplo!– y límites claros.
Es especialmente importante la educación emocional y relacional desde edades tempranas, enseñar cómo funcionan los algoritmos y por qué buscan captar la atención. También hablar abiertamente sobre comparación, imagen corporal y presión social.
Cuando las personas entendemos el “por qué” de una norma y no solo el “porque lo digo yo”, su seguimiento nos resulta más sencillo. Y eso es tan válido para los adultos como para niños, niñas y adolescentes.
5. Algunos expertos señalan que la prohibición por sí sola no será suficiente y debería acompañarse de educación y cambios en el diseño de las plataformas. ¿Estás de acuerdo? ¿Qué medidas complementarias propondrías?
Completamente de acuerdo. La regulación es un primer paso necesario, pero no puede ser el único. Pienso que debemos de actuar en distintos niveles: el primero es el normativo, que debe marcar límites claros de edad y responsabilidad. El segundo es el nivel educativo, que forme a adultos y niños en competencias digitales y emocionales. Un tercer nivel debe implicar a las plataformas en cambios de diseño más éticos, con menos mecanismos adictivos, mayor verificación de edad y más protección frente al acoso.
Finalmente, en un nivel más estructural, también debemos de poner en marcha políticas infanto-juveniles que potencien alternativas de ocio y de socialización presenciales. Es decir, recuperar los espacios comunes para los más pequeños, a los que hemos expulsado lentamente de las calles. En fin, ¡menos pantallas y más plazas!